Mariona ESPINET
Lleida, 1987
La forma en que una persona organiza su entorno dice mucho sobre su manera de estar en el mundo.
En la obra de Mariona Espinet, artista residente en Barcelona, cada pintura se convierte en una invitación a reflexionar acerca de lo que significa construir un hogar. Su mirada nace de una sólida formación en diseño de interiores, complementada con estudios de arquitectura, pero, se libera a través del lenguaje que le ofrece la pintura, pudiendo así explorar dimensiones más sensibles y abstractas del espacio.
Desde sus inicios profesionales, Espinet se ha vinculado con el campo del diseño arquitectónico, interesándose especialmente en cómo los espacios se transforman en lugares habitables, listos para llenarse de vivencias.
Con el tiempo, la pintura se convirtió para ella en un medio idóneo para investigar aquellos aspectos más sutiles del diseño de interiores: los que tienen que ver con la percepción, la emoción y la energía que emanan las formas y colores.
El estudio del color ocupa un lugar central en su obra. Más allá de una exploración puramente estética, Espinet, gracias a sus conocimientos en la psicologia del color, investiga cómo este puede convertirse en canal de emociones.
A través de composiciones que incorporan geometrías orgánicas, patrones irregulares y formas deliberadamente imperfectas, la artista explora las tensiones entre vacío y plenitud, entre quietud y movimiento. En su obra, la abstracción se convierte en un vehículo para representar no solo el espacio visible, sino también aquel que se siente o se intuye.
Espinet plantea que, tanto la pintura como la arquitectura, construyen espacios mediante la relación entre superficies. Sin embargo, mientras que la arquitectura opera dentro de límites físicos, la pintura le permite escapar de esas restricciones y abrir un campo de posibilidades más simbólicas. En ese cruce entre lo concreto y lo etéreo, la artista da forma a lo que ella concibe como un «hogar visual»: un espacio interior donde convergen introspección y conexión espiritual.
La elección cromática no es arbitraria: Espinet domina las transiciones tonales con precisión, modulando cada color a través de ligeras dosis de blanco y negro para generar luces, sombras y profundidad. Esta forma de trabajar le permite construir planos visuales densos, cargados de resonancia emocional.
Su paleta no busca el impacto del monocromo, sino que despliega una armonía, capaz de sostener la identidad de cada pieza y activar en el espectador una experiencia casi meditativa.